La temática insólita, relacionada con la naturaleza, puede llevar a cierta frustración por la falta de conclusiones
En abril y mayo, después del desembarco y el reinado en la taquilla, las conversaciones y los medios de comunicación de buena parte de las mejores películas del año durante los meses anteriores, se suele producir una curiosa mezcla en la cartelera de cine: aisladas grandes producciones de enorme tirón y éxito popular, junto a un cargamento de títulos menores o interesantes, pero de difícil digestión, que por fin encuentran acomodo en las salas. Así, en las últimas tres semanas, con cifras de hasta 17 estrenos cada viernes, se ha colado un trío de obras de enorme exigencia incluso para el espectador más avezado en el cine de vanguardia (o de arte y ensayo). Todas ellas premiadas en grandes festivales, en torno a las dos horas y media de duración, y distribuidas por empresas amantes del riesgo, tanto en el arte como en los negocios.
A la rocosa El sonido de la caída, de la alemana Mascha Schinlinski, y a la mastodóntica Resurrection, del chino Bi Gan, ambas galardonadas en Cannes (Premio del Jurado y Premio Especial del Jurado, respectivamente), analizadas con criterio en este periódico, pero que junto a comentarios entre lo encomiable y lo excelso han encontrado algunos detractores detrás de su carácter críptico, le sucede ahora El amigo silencioso, premio de la Crítica Internacional en Venecia y Espiga de Plata en Valladolid, dirigida por la húngara Ildikó Enyedi. Un terceto que, en realidad, poco tiene que ver en cuanto a estilos (a este crítico le atrajo la primera y resbaló con la supuesta belleza de la segunda), salvo el hecho de huir de la tiranía del relato y de la narración convencional.







