La película posee una cierta ternura que le viene bien al relato, pero nunca se acaba de capturar el verdadero aliento de la calle

A finales de los años setenta y principios de los ochenta, el cine quinqui se convirtió, casi sin proponérselo, en el más poderoso documento social de lo que fue la España de extrarradio del momento. José Antonio de la Loma, desde una vertiente más sensacionalista y conservadora, y Eloy de la Iglesia, desde la más absoluta libertad de actuación en todos los sentidos, con la puntual aportación de autor de Carlos Saura en Deprisa, deprisa, retrataron el arrebato navajero, la angustia económica y la falta de expectativas.

Desde entonces, las películas sobre chavales a la deriva en las colmenas de pisos de la periferia urbana, frente a las vías de circunvalación y a los descampados, se han movido entre el homenaje formal a aquel cine, la imposible reinvención en circunstancias distintas, y alguna cima esporádica de soberbias credibilidad y calidad —7 vírgenes, de Alberto Rodríguez, podría ser el paradigma—, que, sin la marca “cine quinqui” tatuada en la frente, dispuso un nuevo y apasionante camino a recorrer.

Sin embargo, pese a ser estupendos entretenimientos con toques de reflexión social, y de dibujar certeros mapas de vestuario y diseño de producción, ya fuera en retrospectiva o desde la contemporaneidad, títulos como Las leyes de la frontera (2021), de Daniel Monzón, Golpes (2025), de Rafael Cobos, y en menor medida Hasta el cielo (2020), de Daniel Calparsoro, parecían hablar desde fuera. Algo que también le ocurre (multiplicado por dos) a Hugo 24, segundo largometraje del hispano-británico Luc Knowles, ambientado en el barrio madrileño de Tetuán —en el lado Oeste de la calle Bravo Murillo, entre Cuatro Caminos y Plaza Castilla—, en torno a un joven sin oficio ni beneficio, noble y despierto, pero a la vez crápula y torpe, que está a punto de cumplir los 24 años del título, a un día del casi seguro desahucio del piso en el que vive con su hermana mayor.