Cuatro años y medio después de la erupción del Tajogaite, la situación de la isla empieza a normalizarse. Aún hay gente sin casa definitiva, pero la ayuda se ha pagado y las infraestructuras se han recuperado.

La Palma es el paraíso del caminante. Ese lugar desde donde el observador puede contemplar cualquier noche de verano el corazón de la tierra que late bajo sus pies y la Vía Láctea con Casiopea sobre su cabeza. La isla está tan viva que aproximadamente cada 30 años sufre una dolorosa erupción que cambia su fisonomía.

Fue lo que ocurrió hace menos de cinco años. Allí nació, en las laderas de Cumbre Vieja, un nuevo cono volcánico (Tajogaite), cuya erupción cubrió de lava y cenizas 1.219 hectáreas (1.700 campos de fútbol), de las cuales 370 eran tierras de cultivo donde crecían los plataneros.

Alrededor de 1.300 viviendas fueron arrasadas por la piedra incandescente y otras 1.250 tuvieron que ser abandonadas al ocuparlas los gases que emanaban de las profundidades. Las vías de comunicación y las infraestructuras se fundieron. Hubo 7.000 personas que en aquellos 85 trágicos días de 2021 vieron cambiar su vida por el destrozo que causó el volcán sobre casas, tierras y negocios. De esas, 3.000 acabaron en un Erte.