La única incongruencia del despacho de Paco Guarido, alcalde de Zamora por Izquierda Unida (IU) y de 68 años, es que hay un Astérix y un Obélix en un estante pese a que a él le aburre el tópico de “aldea gala de la izquierda”. Lo demás, coherente, empezando por el politono de La Internacional de su teléfono. Hay una bufanda de Palestina, un viejo transistor, máscaras zamoranas y un señor canoso, campechano, con ropa cómoda. “Le dais demasiada importancia al personaje, yo soy uno más del grupo”, regaña amablemente ante su tirón, carne de titular: alcalde comunista en una ciudad conservadora que mantiene el sueldo de conserje escolar y a quien los vecinos paran por la calle. Guarido encara su último año de mandato, no de militancia, pues ha decidido apartarse y que este domingo se eligiera en asamblea al nuevo candidato de IU, el concejal Pablo Novo. “La gente valora que somos honrados y trabajadores”, aprecia, prometiendo “barrer la sede” si hace falta “y mirar obras como los jubiletas”.El regidor sonríe aunque le gustan poco las entrevistas personales más allá del dato que tan bien controla: tal obra acarrea equis millones, aquí se invierte tanto, esto cuesta tal. Unos mapas de Zamora adornan el despacho donde analiza sus mandatos, desde 2015, desmontando mitos sobre la izquierda y “dando ejemplo”, algo que cree esencial: por eso rehúye de “disfraces” y trajes y ha fomentado la máxima transparencia, como cuando denunció unas corruptelas municipales del PP que ahora se juzgarán. “La gente sabe que no nos vamos a llevar nada, no influimos en las oposiciones, no malgastamos y somos trabajadores”, recita quien fuera conserje escolar, cuyo sueldo mantiene desde que en 1999 asomó por el Ayuntamiento como edil de una ínfima IU que acabó en mayoría absoluta en 2019; ahora rige con el PSOE. Este licenciado en Ciencias Políticas e Historia menciona a menudo la revista Tu Ciudad, buzoneada por todo el municipio, clave para darse a conocer antaño y ahora para informar de las medidas municipales.“La izquierda sabe manejar la pasta”, presume ante los estigmas de la derecha hacia esos “greñudos” que obtienen voto conservador, según revela que en elecciones estatales o autonómicas Zamora vota al PP con fuerza y relega a IU. Efecto Guarido. Sus primeros andares, cita, fueron vigilados por la derecha, que le cuestionó incluso que cambiara un sofá del consistorio, y ciertas acusaciones de que invertía poco en la ciudad. “Teníamos una economía de guerra, austeridad absoluta, lo primero fue pagar 15 millones de euros de deudas a los bancos”, rebate Guarido, ahora en superávit y desembolsando en el mercado municipal, el puente de hierro y… un nuevo proyecto que aún no confiesa. Estos años ha labrado buena relación con el Obispado, teóricamente antagónicos, a base de honestidad: Guarido no comulga pero respeta el arraigo de la Semana Santa y ordenó que los concejales no tuvieran especial significación en las procesiones. Rufo Martínez, presidente de la Cofradía del Silencio, se expresaba así en un reportaje de EL PAÍS sobre la Pascua zamorana: “Tiene sus convicciones pero ha cumplido siempre con la Semana Santa para preparar la ciudad y en colaboración económica en lo que se ha pedido, hay respeto mutuo”. El socio de Guarido, David Gago (PSOE), lo define como “profundamente coherente y honesto, un trabajador incansable que conoce el Ayuntamiento a la perfección y nos ha facilitado nuestra labor como miembros del Gobierno”. Gago añade que se ha creado un equipo “que va más allá de las siglas políticas” y “Paco ha mirado siempre por el bien común”. Jesús Prada, concejal del PP, habla desde la “distancia ideológica” con un “enorme respeto personal y político” porque “si entre los que nos dedicamos a este mundo no nos respetamos, difícilmente lo harán los ciudadanos”. El edil aplaude “la media vida al servicio de Zamora” de Guarido, con 16 años en la oposición y 12 al frente: “Es un servidor público, con aciertos y errores, tanto en la oposición como siendo alcalde”. La Semana Santa asoma al preguntar por la calle. Ángel Domínguez, de 39 años, destaca esa comprensión porque “aunque no comulgue, lo ha respetado”; Ana Alfonso, de 32 y un bebé, valora lo económico: “Con subsanar lo que ha subsanado…”; Sandra López, de 32 también, acentúa que “lo votan de todos los partidos, por algo será, eligen a la persona”. Chelo Fraile, de 65, exclama “¡Me encanta!” y explica que ella lo votaba ya antes de que fuese alcalde: “Tiene que ser muy bueno para que en Castilla y León, tan de derechas, lleve tres legislaturas”. El alcalde celebra esa popularidad con un punto negativo para alguien discreto: que lo paren por la calle. “Adiós, señor alcalde”, saluda un señor con bigote; “¡Paco, buenos días! ¿A qué andas?”, comenta otro, antes de que en un bar una mujer se acerque, tímida. “Señor alcalde, señor alcalde, yo aprovecho…” y le cuenta que en un parque con chopos el polen provoca dificultades respiratorias a su hijo. Guarido responde que más gente se lo ha avisado y que intentarán solucionarlo. Otros vecinos, comenta, le reconocen que su “religión política” les impide votar a IU, pero lo definen como “un tío cojonudo”. “Me gusta que la gente piense que soy una persona sincera en mi trabajo”, afirma, riéndose porque en sus inicios una militante del PP lo abroncó en un acto por sus pintas informales. Él contestó en Facebook que “el hábito no hace al monje” y apunta que “hay que vestir como lo que vestíamos cuando nos votaron”, con el ejemplo del tótem izquierdista Julio Anguita, profesor, que siempre iba en corbata porque daba clases con corbata.Luego, en una terraza con una cerveza delante, reflexiona sobre esa política que está a punto de dejar de forma institucional, no militante: no fallará si hay que pegar carteles o si le piden consejo. “No es una profesión, sino un cargo que requiere intensidad, los míos me reprochan que no cojo vacaciones, pero una legislatura es un reloj de arena de cuatro años, es un trabajo voluntario de día y noche”, resume el conserje de sueldo y cuña, orgulloso de “poder explicar mi sueldo”, cobrando lo que cobraba en el colegio. Guarido reconoce que no siempre coincide con las directrices del partido, pues siempre condenó unirse con Podemos, y que la corriente global derechista puede castigarlos: “La disgregación a la izquierda del PSOE no ayuda”. Los comicios de 2027 resolverán la duda. Para entonces, y en el futuro, no quiere “ni calles ni homenajes”, solo estar tranquilo: “Yo simplemente he cumplido con mi obligación”.