La frase la sacó de un libro —dijo cuál, pero se me ha olvidado— e inmediatamente la asumió como propia: “No hizo lo que quiso, pero jamás hizo lo que no quiso”. La aplicó a su vida, a su muerte y al oficio que la hizo tan feliz, el periodismo. Hay que ser muy fuerte para defenderla con coherencia en las más diversas circunstancias. Decía: lo mejor del periodismo es estar ahí, no esperar a que otros te lo cuenten. Si alguien había nacido, como ella, en pleno franquismo, era muy difícil fiarse de otra cosa que no fuese de lo que veía con sus propios ojos. Los periodistas de su generación tuvieron una oportunidad extraordinaria; presenciaron uno de los periodos más interesantes de la historia reciente, la transición consensuada de una dictadura a una democracia, y lo hicieron, además, obligados por su oficio, a dar testimonio de ella. Vieron y contaron muchas cosas, algunas tristes, otras magníficas. Les tocó una época estupenda para ser periodista: bastaba con mirar alrededor. Ahora es más difícil, porque la mentira se ha organizado como sistema. Es paradójico que uno de los mejores artículos escritos por Sol Gallego no fuese publicado ni en EL PAÍS ni en la revista Cuadernos para el Diálogo, su alma mater, sino en un libro colectivo muy minoritario (Los periodistas estábamos ahí para contarlo, Teófilo Edicións). El encargo era que resumiera en una escena el espíritu de la Transición. El 13 de julio de 1977, el primer día del primer mes de la recién estrenada democracia, el día en que se constituyó el primer Parlamento democrático desde la Guerra Civil, 19 meses después de la muerte de Franco y un mes desde las primeras elecciones libres, ocurrió la escena que Sol vio incrustada en la historia. Son las nueve de la mañana en la puerta del Congreso. Un hombre de 43 años tiende la mano a una mujer de 82, vestida toda de negro. Podría haber sido cualquier acto, pero ese hombre era el presidente de Gobierno, Adolfo Suárez, y aquella mujer era Dolores Ibárruri, Pasionaria, el mayor símbolo vivo de la Guerra Civil, madre de un piloto que había muerto con uniforme soviético defendiendo Stalingrado. “Bienvenida al Congreso, señora Ibárruri”, le dijo Suárez, ex secretario general del Movimiento. El presidente no tendría por qué haber estado allí, al lado de la puerta en ese momento. Escribe Sol: “No fue por casualidad, por supuesto. Quiso darle la mano y que le fotografiaran. Y Dolores Ibárruri le dio un fuerte apretón de manos, con una sonrisa escueta, y murmuró: ‘Que tenga suerte”. Se sabía que durante unas horas presidiría el Congreso el diputado que primero había presentado el acta (un militante de Unión de Centro Democrático), y los vicepresidentes serían durante unas horas los dos diputados de mayor edad. El letrado mayor dijo: “Ruego a doña Dolores Ibárruri y a don Rafael Alberti que vengan a sentarse a la presidencia”. Pasionaria, ayudada por el poeta, baja las escaleras del hemiciclo, desde los escaños destinados al Partido Comunista hasta el estrado (la gran fotografía de Marisa Flórez).Sol Gallego, al estar allí, se dio cuenta de otro detalle: alguien muy especial está siguiendo la escena con la mirada: Leopoldo Calvo Sotelo, sobrino de José Calvo Sotelo; este último, un político ultraconservador, de verbo violento, que encarnó la oposición contra la República y al que Franco denominaba “el protomártir” de la dictadura. José Calvo Sotelo había sido asesinado a tiros otro 13 de julio, pero en 1936. Pocas horas antes de su asesinato, Ibárruri, exaltada oradora, había respondido a Calvo Sotelo: “Este es el último discurso que pronuncia usted en esta Cámara”. Pasionaria negó siempre haber tenido nada que ver con aquella muerte, pero Leopoldo Calvo Sotelo conocía las acusaciones de su familia. Comenta la periodista que mucha gente ha olvidado esa escena, “pero yo la tengo viva en la memoria”. “Nosotros lo vimos, lo contamos… y nos alegramos”. Sol, además de la noticia, buscaba la verdad.
Soledad, la nuestra
Gallego-Díaz decía que lo mejor del periodismo es estar ahí, no esperar a que otros te lo cuenten








