Fatih Akin describe con sutileza, lirismo nada ostentoso y capacidad de observación los últimos días de la era de Hitler en una lejana ínsula
El cine ha conmemorado hasta el infinito (y es normal que el filón permanezca inagotable) el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial y el histórico y bendito triunfo de los buenos contra los malos. Sobre la condición de los segundos, acaudillados por un ser tenebroso llamado Hitler, pero también amado y glorificado por la inmensa mayoría del pueblo alemán, no hay dudas. A su vez, sería necesario que las películas, los documentales y los libros también recordaran que el final de la contienda estuvo protagonizado por la barbarie de los vencedores. Se cebaron los vencedores en los salvajes bombardeos de Dresde, el arrasamiento de Berlín, el infierno nuclear provocado en Hiroshima y en Nagasaki. Todas las guerras son así, testificarán los cínicos reafirmando su lucidez. Pues no vale.
Hay testimonios cinematográficos de aquella Alemania en ruinas, pero son mínimos. Roberto Rossellini, aquel hombre sabio y director excepcional, lo hizo en la conmovedora Alemania, año cero. Por ello, me sorprende encontrarme con La isla de Amrum, centrada en niños que sobreviven como pueden en una isla de Alemania cuando la era de Hitler da los últimos estertores. Y el microcosmos de ese universo complejo y fascinante está descrito con sutileza, lirismo nada ostentoso, capacidad de observación, sentido del paisaje, tensión ambiental.






