Las nuevas generaciones de etnia romaní se reivindican, todavía marcadas por un pasado de persecución y estigma. Pero la participación política es una asignatura pendiente

Nació en el camino, a los pies de un carruaje cargado de calderos y destiladores, hará unos 70 años. María Stanescu creció nómada, ayudando en el oficio familiar de alambiqueros. Dormía a cielo abierto, junto al fuego que servía de lumbre y cocina. Era libre, aunque le faltara hasta para zapatos....

Hace 30 años “los inviernos fueron tan duros” que ella y los suyos decidieron abandonar la vida errante y levantar una casa en el poblado rumano de Fetesti, a 145 kilómetros al este de Bucarest. Al enviudar, se convirtió en la matriarca de una familia de tres generaciones de gitanos que se arremolinan ahora en la entrada de la casa.

Stanescu transmite su legado de forma oral, como su lengua, el romaní, que no se enseña en los colegios. Relata años de persecución sufridos por ser gitana después de que el dictador rumano Ion Antonescu, alineado con la Alemania nazi, ordenara en 1942 el traslado de 40 miembros de su familia hacia “el norte, a campos de trabajo forzoso de los que muchos nunca volvieron”.

Medio millón de romaníes —de una población total estimada en un millón de personas entonces— fueron exterminados en aquellos años cuarenta, un genocidio olvidado por los libros de historia. Son las cifras que maneja la Unión Europea y que los expertos cuestionan por bajas, ante la falta tanto de estadísticas como de interés. Coinciden en que entre el 25% y el 50% del pueblo romaní fue aniquilado.