El ataque coordinado contra la junta militar revela que la violencia organizada a las puertas de Europa ha ido a peor

Malí ha sufrido este fin de semana uno de los más graves episodios de violencia en más de una década. Las dos insurgencias, lideradas por rebeldes tuaregs y yihadistas, han unido sus fuerzas para lanzar una ofensiva contra el régimen militar en las principales ciudades del país, incluida Bamako, la capital. El asesinato del ministro de Defensa evidencia hasta qué punto la seguridad se ha deteriorado en los últimos años en la región del Sahel, un foco de inestabilidad en el flanco sur de la OTAN que merece la atención de las cancillerías europeas.

La junta militar del general Asimi Goïta expulsó a los soldados franceses en 2022, al año siguiente de tomar el poder, y promovió el desembarco de miles de mercenarios rusos, con Moscú como nuevo aliado en su lucha contra ambas insurgencias. Francia había intervenido en el país en 2013 para prevenir la expansión del terrorismo que salpicaba a Europa. Sin éxito. Tras la ruptura entre Bamako y París, las cosas han ido a peor. El régimen militar se lanzó a la “reconquista del norte”, con un uso desmedido de la fuerza que ha incluido masacres de civiles.