Su nueva película, La risa y la navaja, pone sobre la mesa las contradicciones, los estereotipos y el regusto paternalista que impregnan la presencia portuguesa en África, donde el colonialismo se perpetúa a través de nuevos modelos
En la primera escena de La risa y la navaja, un policía fronterizo apostado en una desértica carretera que da entrada a Guinea-Bisáu pide un libro al protagonista del largometraje para dejarle pasar. Ese momento surrealista anuncia que el último largometraje del director portugués Pedro Pinho va a cuestionar esa mirada sesgada e inundada de clichés que se reserva a África.
La película, que se estrenó en España el pasado viernes, fue germinando durante años en la cabeza de Pinho, gracias a viajes y a historias contadas por amigos y cooperantes que le mostraron que la superioridad moral, el desequilibrio de poder o el paternalismo siguen impregnando la presencia europea en ese continente. “Por ejemplo, tengo un amigo que trabajó en Mauritania y muchas historias de la relación con los portugueses vinieron de ahí”, afirma en una entrevista con EL PAÍS en Madrid.
La película cuenta el viaje de un ingeniero portugués que tiene que evaluar el impacto de la construcción de una carretera Guinea-Bisáu. Al tiempo que afectará negativamente a la forma de vida y subsistencia de comunidades locales, ese proyecto también hará que los habitantes estén más conectados con la ciudad y puedan por ejemplo llegar a un hospital en menos tiempo. El director, al igual que el protagonista, no toma partido, sino que expone las contradicciones al espectador, que se reconoce en las dudas y la inacción del protagonista. “Es un personaje muy complejo que encarna las angustias que pueden vivir muchas personas europeas”, afirma Pinho.






