El Centro Hortensia de Valencia inaugura la próxima semana una exposición individual del gran titán del arte contemporáneo
El Museo del Louvre le encargó tres obras, Wim Wenders dedicó varios años a grabarle un documental y, cuando tuvo que ponerse a escribir un reportaje sobre él, Karl Ove Knausgård no pudo reprimirse: ya desde el titular, su pieza para The New York Times...
afirma que Anselm Kiefer es “el más grande de los artistas vivos”.
Precedentes aparte, de lo que no cabe duda es de la posición de privilegio que —tras revelarse al público en el esquinazo de los setenta y ochenta— ocupa el pintor alemán en el mapa celeste de la cultura contemporánea. Por un lado, el mundo académico le ha cubierto de bibliografía, e instituciones y coleccionistas le han sometido a la demanda más intensa. Por otro, ha sido capaz de rebasar los circuitos estrictos del arte y de llegar a un público muy sustancioso sin que su pintura se haya banalizado.
Así, lejos todavía de las camisetas y los imanes de nevera, irreductible a una versión pop, Kiefer puede agotar entradas sin dejar de habitar de modo natural un mundo culto, en diálogo con contemporáneos como Octavio Paz u Orhan Pamuk o, ante todo, en un arte alimentado por una incesante “conversación con los difuntos”. Entre esos pintores o escritores que de algún modo conforman su genealogía espiritual —de Turner a Paul Celan, de Goya a Ingeborg Bachmann— también hay que contar al Francisco de Quevedo responsable de la cita recién entrecomillada.






