Un penalti fallado de Brais Méndez y un autogol de Gorrotxategi deciden un partido en el que el equipo de Bordalás impuso su oficio

El partido de Anoeta comenzó como una celebración, casi como una extensión natural de la noche gloriosa vivida días atrás en La Cartuja. La Real Sociedad, aún envuelta en el eco reciente de su Copa del Rey, ofrecía el trofeo a su gente mientras el Getafe, disciplinado, cumplía con el pasillo de honor. Hubo aplausos, sonrisas y una sensación compartida de reconocimiento. Durante unos minutos, el fútbol fue lo de menos. Anoeta latía al ritmo de una felicidad reciente, todavía sin digerir. Pero el fútbol no entiende de homenajes prolongados. En cuanto el balón echó a rodar, la ceremonia quedó atrás y emergió el partido real. Y ahí, el Getafe dejó claro que no había viajado para ser figurante. Nunca lo hace. Menos aún ahora, cuando pelea por un objetivo que hace unos meses parecía inalcanzable.

La primera parte fue, en esencia, el guion que la Real jamás habría querido escribir. Y, a la vez, el que el Getafe ejecutó con precisión quirúrgica. Los donostiarras tuvieron la ocasión de adelantarse en una acción que pudo cambiar el rumbo del encuentro: penalti por mano de Abqar tras un cabezazo de Brais Méndez, señalado tras la intervención del VAR. Era una oportunidad de oro, pero Brais falló. El error no solo mantuvo el empate, sino que sembró una inquietud que el Getafe supo interpretar. Hasta ese momento, el equipo de Bordalás apenas había inquietado a Remiro. Pero no necesita demasiado para hacer daño. En uno de sus escasos acercamientos, un centro de Juan Iglesias acabó convertido en tragedia local: Gorrotxategi, en su intento por despejar, envió el balón hacia su propia portería con una parábola imposible para Remiro.