El término ‘eutanasia’, empleado por el Gobierno, no es del todo inapropiado; subraya que los procedimientos deben realizarse de forma rápida e indolora
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El río Magdalena, la arteria fluvial más importante de Colombia, es mucho más que agua que avanza desde las montañas de los Andes hasta el mar Caribe. Es una memoria que recoge historias de pescadores y campesinos en cada curva y en cada remolino. Su cuenca es un sistema vivo: durante las crecidas, el río se desborda y conecta su cauce con las ciénagas; en el verano, se retrae y deja al descubierto orillas de lodo. Este pulso de inundación es su respiración: el mecanismo que distribuye nutrientes, sedimentos y vida. En las ciénagas, lagos quietos conectados al río donde el tiempo parece suspenderse, el cielo se duplica en el agua, interrumpido apenas por el soplo de un manatí, el vuelo de una garza o el lance de un chinchorro. Así, la cuenca respira y se despereza, sosteniendo miles de especies, y erigiéndose como uno de los sistemas más biodiversos de América Latina.







