Si hay dos Españas, el escudero manchego representa la más sana y amable, la más preñada de posibilidades

El éxito del Quijote, cuya primera parte se publicó en 1605, fue fulminante en su época, un best seller de la novela popular “carnavalizante”, por decirlo con Mijaíl Bajtin, que hizo reír a todas las clases sociales, pero al que de entrada no se concedió un gran valor literario. Para que se incorporara al canon barroco español, junto a Lope, Góngora o Calderón, hubo que esperar 150 años, hasta los estudios del ilustrado valenciano Gregorio Mayans, muerto en 1781, quien reivindicó a un ...

Cervantes neoclásico y formalmente conspicuo. Ahora bien, el Quijote (el Quijote) que conocemos, el que aprendimos y aprendemos en la escuela, el que opera en el imaginario universal a modo de un emblema, procede del siglo XIX; es decir, de esa combinación de romanticismo, nacionalismo y noventayochismo que acabó fijando, a través de Unamuno, Azorín y Ortega, la dimensión agonística del personaje, molde del “alma del pueblo español” y cifra de la oposición entre “lo ideal y lo real”. Es lo que se ha dado en llamar “quijotismo”, un concepto que se proyecta hacia atrás para cubrir el conjunto de la historia de España, siempre trágica y malograda, de la que podría decirse lo que el escritor Jorge de Sena decía de nuestro mellizo Portugal: “siempre hemos tenido grandes hombres que nacieron en el lugar equivocado”.