El líder del PP parece dispuesto a inaugurar una relación con Vox en la que el acuerdo no sea solo aritmético, sino también discursivo
Vox es hoy un partido debilitado, lo que no quiere decir que sea un partido amortizado. La derrota de Viktor Orbán y los excesos de Donald Trump han situado a los de Santiago Abascal en un encaje internacional cada vez más incómodo. Mientras en
penas-cuenta-con-aliados.html" target="_blank" rel="noreferrer" title="https://elpais.com/expres/2026-04-19/trump-un-activo-toxico-para-la-ultraderecha-europea-por-que-apenas-cuenta-con-aliados.html" data-link-track-dtm="">Italia Giorgia Meloni ha sabido reaccionar ante los insultos de Trump al papa León XIV, en Vox la brújula se desimanta. A ello se suma un malestar interno cada vez menos disimulado y voces de algunos ex de prestigio como Iván Espinosa de los Monteros empiezan a impugnar, abiertamente, el rumbo del partido.
Con estos mimbres, en Extremadura —tierra donde María Guardiola prometió que jamás gobernaría con Vox— el PP ha optado por un acuerdo que se ha cosido con hilo prestado. Los populares más que duplican en apoyos la extrema derecha y, sin embargo, han negociado haciendo propia la urgencia, incluyendo medidas xenófobas, cuando no abiertamente ilegales. La prisa no era suya ni carecían de alternativa: la repetición electoral era una opción real, con sus costes, pero bien administrada tampoco tendría por qué haber sido una catástrofe.






