¿Puede llegar una carta enviada desde España a España con un sello de Italia de hace 18 años? La IA asegura que no; un cartero vocacional asegura que sí

En agosto de 2008 volví a Limone Piemonte. Limone es un pueblecito en los Alpes, al sur de Turín, en la provincia de Cuneo, adonde, encajado en el asiento de detrás del Chrysler 150 entre mi hermano y mi hermana y detrás de mi madre (al volante) y mi abuela (de copiloto), iba de vacaciones en los julios en mi infancia, en los años setenta y ochenta (del siglo pasado —¡uf!—). Pues en 2008 volví, con mis hijos (esta vez, yo al volante). Y le escribimos una postal a mi hermano, recordándole aquellos veranos asilvestrados en la montaña limonera. “¡Qué recuerdos! Un beso desde Limone”. O algo así. Fuimos a un estanco, compramos un sello, lo pegamos en la postal con un buen lengüetazo y ya. ¿Ya? No. Ya, no: es obvio que la última fase del proceso no se realizó, porque la postal nunca cayó en ningún buzón.

Hace un par de semanas, 18 años después, mi hijo, en plena mudanza, me da una postal. “¿Esto qué es? ¿Lo quieres?” Era la olvidada postal. Había aparecido en el fondo de un cajón de esos que solo se abren para vaciarlos de papeles y objetos que, si no han servido en 20 años, tampoco van a servir en la casa nueva.