El plato más simple exige buen producto, destreza con la espátula y un poco de paciencia

Pocos placeres hay tan cotidianos e íntimos como el de comer un huevo frito: con su yema brillante, casi anaranjada, en el centro, rodeada de una inmaculada clara salpicada de pequeños surcos con restos del aceite de oliva en el que ha chisporroteado unos segundos, y bordeada de un encaje de puntilla ligeramente churruscado. Hermoso resulta ese primer gesto en el que la yema se desparrama de forma incontrolada sobre el resto, esperando fundirse con unas buenas patatas fritas o con un pedazo de pan. Ese momento nunca es perfecto si los dedos no se manchan. Un gesto que cada uno vive a su manera, pero que no entiende de protocolos ni de delicadeza.

Hay muchas maneras de presentar un huevo —escalfado, cocido, frito, revuelto o al plato—, pero el acto de freírlo resume incluso la forma de describir las habilidades en el hogar con la manida expresión de «no sabe ni freír un huevo». Es uno de los platos más sencillos y populares, cuya cotidianidad aparece reflejada incluso en el arte. El pintor alemán Georg Flegel los exhibió en Merienda con huevos fritos (1630-1636), donde pintó “un vidrio con reflejos, una flor roja, una hogaza de pan y un par de aceitosos huevos fritos con tal realismo que al espectador se le hace la boca agua”, según se describe en el libro El Huevo (Taschen). También un joven Velázquez, cuando todavía vivía en Sevilla, usó la paleta para celebrar una escena corriente en Vieja friendo huevos (1618), donde una cocinera sostiene un huevo con la mano izquierda, mientras que en la derecha empuña una cuchara de madera que mantiene por encima de los dos huevos que se están friendo en una cazuela de barro. A su lado, un joven espera con un frasco de vino y una calabaza. “El prodigioso talento de Velázquez se pone de manifiesto en las texturas que evoca en los elementos más económicos: el plato blanco, el cuchillo de plata y el brillo de los huevos fritos, que casi parece que uno pueda oírlos salpicar y chisporrotear”, sostiene la novelista y crítica de arte australiana Jennifer Higgie en el capítulo Introducción: Huevos por doquier de la citada obra.