El equipo de Luis Enrique se impone por un global de 4-0 a un conjunto ‘red’ en decadencia

Luis Enrique transportó al Paris Saint-Germain a su tercera semifinal consecutiva de Champions con la ayuda inestimable de un centro del campo de época y una defensa infranqueable. El equipo francés se impuso 2-0 en la ida y repitió victoria en Anfield, un campo al que le tiene tomada la medida, lo mismo que se la tomó a Villa Park, y a Stamford Bridge a lo largo del último año, un año esplendoroso. No hay un equipo que juegue mejor al fútbol en Europa que el vigente campeón. La invocación mediática y popular a los poderes mágicos del Liverpool en su estadio de leyenda no hizo más que acentuar la preeminencia del PSG ante un rival insuficiente. El presente del Liverpool es sombrío. Quinientos millones gastados en fichajes el último verano no han bastado para dulcificar la transición.

Sonaron los himnos. El coro entonó You’ll Never Walk Alone. El Liverpool no caminó solo. Pero el PSG tampoco. Luis Aragonés hablaba de jugadores como éstos cuando señalaba que todo gran equipo necesita un “pasillo de seguridad”. Marquinhos y Pacho siempre están donde se les reclama, y Vitinha y Neves valen multitudes. Pequeños pero dotados de un sistema cardiovascular privilegiado, no pararon de moverse a paso rápido, siempre alerta, siempre expeditivos, no se concedieron ni un instante de calma y no dejaron en paz a sus vigilantes. Encargado de cubrirles y cortarles las salidas, Mac Allister comprobó con disgusto que le habían encomendado una tarea imposible. El más ardoroso de los futbolistas del Liverpool, y probablemente el más responsable, acabó la primera mitad haciendo faltas porque no llegaba. La pelota iba siempre más rápido porque la manejaba Vitinha.