La diversidad no debe entenderse como un hándicap, sino como el motor que aporta valor a la sociedad: a los niños de hoy, a los adultos del mañana

Históricamente, se ha estigmatizado lo que se sale de la norma bajo la creencia de que la homogeneidad garantiza el orden y un patrón adecuado para todos. Sin embargo, este enfoque ignora que lo diferente aporta frescura, una mirada nueva e infinitas posibilidades. La divergencia no es una carencia de normalidad, sino todo lo contrario, ya que sin diversidad no existiría todo lo que la vida puede aportar a todos los niveles, tanto biológicos como sociales, culturales o educativos.

Cuando se señala a quien no es igual al resto, suele hacerse desde una perspectiva de exclusión; sin embargo, la pluralidad aporta una capacidad de enriquecer al grupo necesaria y fundamental para la evolución del ser humano. La sociedad no es un bloque homogéneo, sino un conjunto diverso donde cada persona tiene la oportunidad de aportar algo distinto, nuevo, único y especial. Es precisamente en esa diversidad donde reside la verdadera esencia de una comunidad.

Existe la creencia de que para formar parte de un grupo, un individuo debe mimetizarse en este con los demás, siendo prácticamente invisible e indiferenciable del resto, cuando el verdadero sentido de pertenencia se trata de todo lo contrario, ya que pertenecer es reconocer la diferencia de cada uno y valorar su aporte a la comunidad, entendiendo la importancia de su papel para esta. Cada persona aporta algo novedoso y desempeña una función específica que nadie más puede cubrir de la misma manera. Al diferenciarse, el individuo no se aleja del grupo, sino que encuentra su lugar único en él. Se siente perteneciente no por ser igual, sino por ser útil y necesario a través de su propia esencia. La suma de talentos distintos crea un sistema mucho más potente que si se tratara de la repetición de un mismo modelo.