El escritor, fallecido hoy hace justo un año, se apartó de la revolución cubana y fue uno de los primeros críticos del chavismo
Mario Vargas Llosa murió hace justo un año y fue enterrado como un faraón. Ahora, incluso muerto, sigue recibiendo premios y homenajes a una trayectoria literaria que le llevó a ganar el Premio Nobel de Literatura en 2010, cuando todavía era columnista de EL PAÍS. Este lunes, su hijo Álvaro, el mayor de los tres que tuvo con su prima Patricia Llosa, ha recibido en nombre de su padre la medalla Internacional de las Artes: “Por unos instantes, le devolvemos la vida”.
El galardón se lo ha concedido Isabel Díaz Ayuso, con quien el escritor mantenía una muy buena relación. De hecho, su hijo ha contado que Vargas Llosa dedicó muchas horas de sus últimos años a recorrer las calles de Madrid, donde vivía. En esos paseos por el Madrid de los Austrias y el de las novelas de Pío Baroja, su parte favorita de la ciudad, en ocasiones acababa en Sol, frente a la sede del Gobierno de Madrid. Señalando con el dedo el edificio, decía: “Ahí está la esperanza de España”.
Se refería a la presidenta de Madrid. Ambos compartían ese discurso que apela continuamente al concepto de libertad. Álvaro ha citado a intelectuales liberales españoles y latinoamericanos que su padre admiraba, como Daniel Cosío Villegas y José Ortega y Gasset. O más actuales y que también viven en Madrid. También ha recordado que el escritor fue “acribillado” por haber roto con la revolución a finales de los sesenta, lo que le enfrentó a muchos colegas de generación de los que hasta entonces era amigo. “Batalló en soledad. Igual que contra el chavismo desde el primer minuto, cuando había la ingenua idea, incluso entre liberales, de que aquel experimento podía llegar a buen puerto. Fue un adelantado”.






