Crecimos con la Quinta y crecimos con el Bayern, y dos cosas que ya no existen son: primero el Olympiastadion, y segundo el miedo

Nuestra generación, la generación de madridistas que creció con la Quinta del Buitre, todos aquellos niños a los que se les negó Europa subidos a caballo de Hugo, Míchel y Butragueño, suele fechar en el 5-0 de Milán en 1989 el final de todo, también el principio del final de la Quinta, y desde luego el final de la infancia, que significaba el final de las ilusiones en la Copa de Europa. Influyen muchas cosas, empezando por Sacchi y terminando por Gullit, Rijkaard y Van Basten. Que esa noche se abrió un complejo de divertidas proporciones lo demuestra el hecho de que Sacchi acabase siendo director deportivo del Madrid años después (sin pena ni gloria), y que el primer goleador de esa noche, Carlo Ancelotti, sea hoy el entrenador con más títulos de la historia del Madrid.

Pero tres años antes de esa derrota, había una palabra que ponía los pelos de punta: Olympiastadion. Y un puñado de nombres asociados a una particular pesadilla: 4-1. Es la paliza del Bayern de Múnich (camiseta roja, pantalón azul) al Madrid en las semifinales de la Copa de Europa de la 86-87; es el Bayern de Pfaff, Aughentaler, Brehme, Matthäus o Soren Lerby. Aquel partido se quedó en la historia por el pisotón de Juanito en la cabeza de Matthäus. Eso hizo de menos la alocada avalancha alemana contra el mejor Madrid de los 80. Fue una noche que reunió lo mejor y lo peor del fútbol de entonces: intensidad, talento y una violencia latente que acabó desbordándose. El Bayern de Lattek aplastó al Madrid aquella noche de abril. En el centro, Matthäus marcaba el ritmo como si fuese una orquesta, mientras la zurda de Brehme daba salida y profundidad. Arriba, Hoeness pillaba todos los balones aéreos. Al Madrid, que veía marcharse la posibilidad de una final europea, le quedó la frustración y, al final de ella, Juanito. Hubo intentos ambientales de remontada pero en el Bernabéu el Madrid solo pudo ganar 1-0.