En el Madrid - Bayern hubo un corte de pelo en mitad de la grada, una ocurrencia doméstica con aspiraciones virales, como si los estadios ya no fueran esos templos a los que acudir para encontrarse con Dios
Ocurrió con 1-2 en el marcador y el Bernabéu en pleno murmullo efervescente, uno de esos momentos en los que a ratos nos parece escuchar el latido enérgico de las grandes noches europeas y a ratos la búsqueda incansable de culpables: todo depende del desarrollo de la última jugada. Un hombre de mediana edad, que es la edad que tenemos todos cuando nos ponemos la camiseta de nuestro equipo, se lev...
antó de su localidad y comenzó a sacar los bártulos de pelar: una capa, un peine, una maquinilla eléctrica... A su lado, un niño de mediana edad, la edad que tienen todos los niños cuando se ponen la camiseta de su equipo, se dejaba hacer. Corte de pelo en directo, en pleno partido, rodeados los protagonistas por unos compañeros de grada tan perplejos que por un segundo comenzaron a dudar entre prestar más atención al degradado que a la última galopada de Vinicius. Apenas unos minutos de reloj, cierto, pero suficientes para que el fútbol deje de ser fútbol.
No pareció un arranque de locura ni una emergencia estética de última hora: si algo bueno tiene el fútbol es que permite todo tipo de desajustes capilares, no en vano te pasas medio partido con las manos enredadas en el pelo, un pelo que a veces solo es imaginario, como en el caso concreto de los calvos. Aquello parecía pensado y bien planificado, una ocurrencia doméstica con aspiraciones virales, como si los estadios ya no fueran esos templos a los que acudir para encontrarse con Dios, sino un lugar concurrido en el que dejarse admirar. No es la primera vez que ocurre. Hay quien corta el pelo en el Bernabéu incluso en formato ASMR y los hay que te perfilan el rostro de Mbappé con una One Blade mientras el francés arranca como un búfalo buscando la portería rival, basta con darse una vuelta por Tik Tok para comprobarlo. Pero, sobre todo —y esto es lo más increíble—, hay quien lo consiente.






