La misión nos ha unido trazando su propio lazo en el espacio; por eso, su valor humano y científico es incalculable

Escribir, a día de hoy, un artículo sobre la misión Artemis II que resulte original supone un reto mayúsculo. Ahora que el rugido del SLS es solo un eco lejano y que la cápsula Orion descansa ya en seco tras su baño en el Pacífico, la sensación es que todo ha sido dic...

ho. Se han vertido ríos de tinta y vías lácteas de bits sobre estos 10 días de bitácora lunar; si pudiéramos imprimir y encadenar cada crónica, cada post y cada análisis publicado desde el 1 de abril, la cinta de papel resultante se estiraría por el vacío, compitiendo en kilómetros con la propia estela de la nave.

Curiosamente, esa trayectoria de retorno libre dibuja en el mapa espacial un camino en forma de 8: un infinito asimétrico con un lazo abrazando la Luna y el otro la Tierra, resultado del preciso equilibrio entre las fuerzas de gravedad que ejercen sobre la nave ambos cuerpos celestes. Con ese infinito en mente, durante la reflexión tras la resaca informativa, han pasado por mi cabeza infinidad de temas sobre los que hablar.

Pensé en hablar del lanzamiento tras conversar con varios compañeros astronautas que siguieron la ignición desde Houston. Me confesaban que se emocionaron al sentir la potencia del SLS propagándose varias millas como una onda de choque hasta ellos; sin embargo, no fue por la majestuosa obra de ingeniería alzando el vuelo, sino por la empatía hacia la tripulación: todos pensaban en lo que sentirán nuestras familias cuando seamos nosotros quienes estemos subidos a un cohete a punto de despegar hacia el vacío. Pensé en Reid Wiseman despidiéndose de sus hijas y en el miedo atroz de esas niñas a quedarse huérfanas tras haber perdido a su madre en 2020. Posiblemente, en aquel momento de despedida, ninguna de ellas imaginaba que, solo unos días después, el recuerdo de su madre quedaría inmortalizado para siempre al bautizar a un cráter lunar con el nombre de Carroll.