En el extrarradio de este pueblo cercano a Turín, la legendaria empresa italiana quiso amalgamar, a mediados del siglo XX, innovación, humanismo y planeación urbana en un conjunto arquitectónico. Hoy patrimonio de la Unesco, su buen estado de mantenimiento contrasta con la escasa afluencia de visitantes
Pocos visitantes al pueblo piamontés de Ivrea se imaginan que en el extrarradio de este enclave milenario se alza la memoria viva del primer Silicon Valley de la historia. Es el centro espiritual de un proyecto que amalgamó a partes iguales innovación, producción humanista y urbanismo ético. La idea fue madurando desde principios del siglo XX
ta-link-track-dtm="">en la mente de Camillo Olivetti (Ivrea, 1868 - Biella, 1943), el patriarca de una saga de ingenieros de la burguesía local con raíces judías. Pero no fue hasta mediados del siglo pasado que la semilla floreció. La firma se convirtió en los cincuenta y sesenta en la mayor fabricante europea de máquinas de escribir y, más tarde, pionera de los primeros ordenadores personales y otros artilugios de informática.
El núcleo del proyecto industrial, a 50 kilómetros de Turín, se despliega en una veintena de edificios que revelan, nada más llegar, una paradoja tangible: aunque el conjunto arquitectónico se mantiene en buen estado, la escasa afluencia de visitantes le da cierto aire fantasmagórico. Al menos esa es la impresión que se respira una mañana de finales de agosto en esta ciudadela declarada patrimonio mundial de la Unesco en 2018. “Camillo [Olivetti] nació y fundó la compañía en Ivrea en 1908. Vivió aquí hasta 1938, cuando tuvo que huir a la frontera con Suiza debido a la presión de las leyes antisemitas que les prohibieron a los judíos ser dueños o administrar compañías”, relata Gianmaria Baro, responsable del centro para visitantes de la división cultural de la ONU.









