El gran drama del pueblo palestino no es que el mundo ignore lo que ocurre, sino precisamente que, aun sabiéndolo, permanezca inmóvil
El mes pasado, los medios de comunicación informaban del asesinato a sangre fría de cuatro miembros de la familia palestina Bani Odeh por parte de las fuerzas israelíes mientras regresaban en su coche a casa, en Cisjordania. La madre, de 35 años; el padre, ...
de 37; y dos de sus cuatro hijos, de cinco y siete años, murieron en el acto. Los dos mayores, de ocho y 11 años, sobrevivieron con heridas leves. Cuesta imaginar el dolor y el trauma que acompañarán a estos niños el resto de sus vidas. Poco después, el diputado israelí Yitzhak Kroizer, del partido de extrema derecha Otzma Yehudit (Poder Judío), declaró ante la Knesset que “no hay civiles inocentes, ni niños inocentes en Jenin” y añadió: “No siento compasión por mis enemigos”, refiriéndose a los pequeños asesinados.
Por estremecedoras que parezcan estas palabras, y por brutal que sea el acto que las precede, lo cierto es que constituyen la rutina de cientos de miles de familias palestinas que (sobre)viven bajo la ocupación. Durante más de dos años, hemos sido testigos de un nivel de violencia e impunidad extraordinario en Gaza. Lejos de ser una excepción, ese patrón se ha extendido silenciosamente a Cisjordania, donde los últimos movimientos del Gobierno israelí apuntan a una política de hechos consumados que avanza hacia una anexión de facto del territorio. Un proceso que se consolida sobre un sistema estructural de discriminación y control y que busca hacer inviable la creación de un Estado palestino.






