Con estilo generoso y febril, Eduardo Ruiz Sosa construye en ‘El paisaje es un grito’ una historia coral y fascinante que desemboca en la búsqueda de un hogar

No sé si esto se tiene suficientemente claro: Eduardo Ruiz Sosa (Culiacán, 1983) es uno de los mejores novelistas en lengua castellana de su generación. El paisaje es un grito es la tercera vez que lo demuestra, después de Anatomía de la memoria (2014) y

is.com/babelia/2022-09-24/el-libro-de-nuestras-ausencias-el-pasado-que-nos-espera.html" target="_self" rel="" title="https://elpais.com/babelia/2022-09-24/el-libro-de-nuestras-ausencias-el-pasado-que-nos-espera.html" data-link-track-dtm="">El libro de nuestras ausencias (2022), libros construidos con lentitud obsesiva que se comunican entre sí de modos complejos, a veces evidentes (cierta disposición del texto a punto de convertirse en verso, su torrencialidad o, desde luego, su mexicanidad) y otras sutiles. Hablamos de obras importantes, enormes, densas. Imperdibles.

En las ‘Anotaciones finales’, Ruiz Sosa explica que El paisaje es un grito contiene mucho de biográfico, pero en clave colectiva, que se refiere a su propia vida tanto como a la de sus familiares y amigos. Las huellas diseminadas en estas páginas, sin embargo, conducen a un horizonte de dimensiones aún mayores, a muchas biografías de un infinito número de personas migrantes o habitantes de la frontera, ese espacio que, como se decía en un viejo western, existe para ser atravesado. El problema es cómo y por qué la atravesamos, si por voluntad propia o arrastrados por la violencia del poder, si el movimiento conduce a la libertad o al desarraigo. En la obra de Ruiz Sosa, tan condicionada por la geografía física y política, hay siempre un peso doloroso, desgarrado y desértico, una dureza. Esta novela no es una excepción.