El actor Robert Aramayo construye un personaje memorable, que enternece y turba
El arranque de Incontrolable me deja perplejo. Y también me provoca una carcajada. La reina Isabel II de Inglaterra va a conceder la Orden del Imperio Británico a uno de los más relevantes personajes de la actualidad. Y el agraciado, junto a los movimientos espasmódicos de parte de su anatomía, exclama: “¡Que te jodan, Reina!“. Y pide perdón inmediata e insistentemente....
El desconcertante individuo no es un ácrata ni un republicano. Es un señor escocés llamado John Davidson. Y padece desde siempre una condición (me aclaran que ya no se la puede ni debe denominar como enfermedad, sino que es una condición neuronal) llamada el síndrome de Tourette.
Yo no sabía nada de ella hasta ahora. Y constato que es terrible después de ver esta película. No solo incluye los movimientos espasmódicos de tu cuerpo en determinados momentos y sin avisar. También que desaparezcan los filtros mentales y puedan salir de tu boca todo tipo de involuntarios agravios verbales. Además, le puede soltar la mano o escupir a la persona que tiene al lado.
Y, pobrecito mío, a continuación se deshace en disculpas y súplicas de perdón hacia la gente que ha sufrido sus incontrolables ataques. Qué difícil debe de ser sobrevivir así. Desde pequeñito. Y que la inmensa mayoría de la gente te considere un tarado inclasificable. Porque resulta que el tal John Davidson también es un ser entrañable, cariñoso, legal, en posesión de sentido del humor, lealtad, agradecimiento y ternura. Capaz de hacer muy bien sus trabajos, aunque el problema sea conseguirlos. Pero eso lo sabemos los espectadores y la gente que, afortunadamente, a lo largo de su problemática existencia le ha ofrecido su tutela, su comprensión, su amistad y su cariño. El resto es normal que se alarmen o se sientan desconcertados (incluso acojonados) cuando le conocen por primera vez. Hay situaciones que parecen surrealistas. O crueles. O tiernas.






