El manejo de la guerra de Irán evidencia los límites internacionales y la podredumbre interna del poderío de Estados Unidos
El célebre verso inicial de un poema de Paul Verlaine reza: “Yo soy el imperio al final de la decadencia”. Difícil imaginar una mejor descripción de Donald Trump. El presidente de Estados Unidos amenazó con la muerte de la civilización iraní, pero lo que está muriendo es el imperio estadounidense tal y como lo hemos conocido tras la victoria en la Segunda Guerra Mundial ...
y, especialmente, en la Guerra Fría. Él es el emblema de esa decadencia, esa descomposición, como demuestra la repugnante ligereza con la cual profiere amenazas genocidas y la estupefaciente acumulación de reveses estratégicos.
Es oportuno analizar dos planos. El primero, interno, relativo al significado político profundo de un liderazgo como el de Trump. El segundo, internacional, relacionado con el significado geopolítico de la guerra contra Irán ―y el contexto en el que se inscribe―.
En el primero, lo que se ve es un presidente que lanza amenazas genocidas como si se tratara de un truco negociador más en un trato inmobiliario cualquiera en una esquina de Queens, que profiere urbi et orbi en una materia trascendental insultos y exabruptos propios de una barra de bar después de varias rondas. Trump preside con un liderazgo inmoral, arrogante, desbocado, que no quiere apoyarse en el conocimiento sino solo en lacayos, nepotista, extractivo, inestable. Está a la vista de todos, incluso de sus acólitos que, por interés, lo avalan.






