Aunque el sistema económico presuma de animar a la pequeña iniciativa privada, los negocios cotidianos acaban absorbidos por las grandes empresas, terminando proyectos de vida y homogenizando las ciudades
En el barrio de Lavapiés había peces voladores. Lo cuentan los más viejos del lugar, y los no tan viejos, yo mismo lo he visto con estos ojitos: lubinas, doradas, percas que volaban por los aires trazando trayectorias parabólicas, escapando del abrazo cierto de la gravedad, pasando de las manos de un pescadero a otro, como en un espectáculo circense. El más difícil todavía. ...
La pescadería Alofer: buenísima calidad a buenísimos precios, un sitio de barrio que todo el mundo conocía, que todo el mundo comentaba (¡nunca se habló tanto de una pescadería!) por ese pintoresquismo barrial que va desapareciendo en la ciudad podrida. Allí parecía latir el vientre de un barco pesquero en las gélidas aguas del Gran Sol, o un submarino nuclear comandado por Sean Connery, y, sin embargo, estaba ahí al lado, en la calle Esgrima, haciendo semiesquina. Siempre le regalaban un langostino a mi hijita.
Alofer, nombre de empresa fea, de camión de carretera, echa el cierre por el retiro de su capitán, Fernando Alonso, que manejaba los cuchillos como un bólido de Fórmula 1. Lo contó Pedro Zuazua en estas páginas. Alonso tiene 64 años y lleva en este barco cincuenta y tantos (la pescadería, desde 1936), respaldado por una abnegada tripulación de una docena con las manos hinchadas por el frío y las escamas, con olor persistente a puerto, acompañados de todos esos peces de mirada vacía y expresión estúpida (¡quién fuera pez!), de tantas gambas que miran a la gamba de al lado como diciendo: “Llévate a esta que yo no he hecho nada”.






