Ser coherente con los principios establecidos, fomentar el respeto, la responsabilidad, la amabilidad y el lenguaje asertivo son pilares para establecer vínculos profundos de apego desde la infancia

Toda familia desea que sus hijos sean buenas personas. No importa en qué lugar del mundo se lance esta afirmación, la respuesta viene en forma de pregunta: ¿Cómo lograrlo? Alcanzar este objetivo no es producto del azar ni de la simple imposición de normas. La verdadera formación del carácter no debe centrarse en lograr que los menores sigan reglas por miedo al castigo, sino en que desarrollen una conciencia moral interna capaz de guiarlos incluso cuando los progenitores no están presentes.

Este proceso depende, en gran medida, del sistema de valores adquirido dentro del hogar. Nombrar los valores puede parecer una tarea sencilla, pero vivirlos y transmitirlos es el verdadero reto. Educar en consonancia con unos principios establecidos, donde la coherencia prime sobre cualquier otro aspecto, es un planteamiento fácil de formular pero complejo de llevar a cabo en el día a día.

El respeto es la raíz principal de toda relación sana. Para que un menor crezca respetando a los demás, debe desarrollarse en un entorno donde él mismo sea respetado y donde observe ese trato hacia otros. Es fundamental recordar que los hijos son observadores continuos de sus figuras de referencia y de sus iguales, por lo que aprenden mucho más de lo que ven que de lo que escuchan o de lo que se les exige. Las normas impuestas y los discursos morales pierden toda su fuerza si no van acompañados de una conducta adulta que los ejemplifique. En la formación de la personalidad es más importante aquello que los progenitores hacen que lo que dicen que se debe hacer.