‘Gigante’ nos obliga a reflexionar sobre dónde está la tenue línea entre criticar razonadamente las acciones de Israel y caer en el más oscuro antisemitismo

Cuando los vigilantes morales de los cuentos ponen sus sucias manos sobre los mitos fundacionales de la narrativa oral, me pregunto por qué en vez de empeñarse en corregir lo viejo no se inventan personajes adecuados al presente. Es lo que hizo Roald Dahl con astucia: inventó nuevos héroes y heroínas, aunque jamás desdeñó la esencia de esas historias resistentes al tiempo como el pedernal. Los malvados...

de Dahl lo son sin redención posible; en cambio, los buenos brillan por su inteligencia y valentía. Esta tensa dualidad, sumada a la desbordante fantasía de sus novelas, convirtió a Dahl en el autor más querido de la infancia. Es, sin duda, una idea maniquea de la vida que tal vez procediera de la propia infancia del autor en un internado inglés donde maltrataban tanto maestros como estudiantes mayores, todos empeñados en destrozar la infancia de un niño que miraba cada noche por la ventana hacia el punto cardinal donde suponía que estaba el hogar materno.

Dahl fue un aliado entusiasta de la infancia, pero, ay, nada nos libra de la crueldad, ni tan siquiera a aquellos que la han padecido. He visto estos días Giant (Gigante), una obra que trata de un capítulo muy concreto de la vida de Dahl, escrita por Mark Rosenblatt, primera obra de un autor que, anticipándose por unos días al brutal atentado del 7 de octubre y sus despiadadas consecuencias, aborda sin haberlo previsto el asunto moral de nuestros días: la crueldad inmisericorde del Estado de Israel. La obra colgó el cartel de no hay entradas desde la primera semana, ha ganado todos los premios posibles, sobre todo a la maestría del gran actor, John Lithgow, y ahora triunfa en Broadway. A España nos la ha traído nuestro Josep Maria Pou, gigante en altura real e interpretativa.