Quizá el debate no sea si Europa regula en exceso, sino si ha construido con ambición en ámbitos estratégicos

En Europa debatimos con frecuencia si regulamos demasiado. A veces parece casi un rasgo identitario. Desde la protección de datos hasta la inteligencia artificial, pasando por la energía o las finanzas, la conversación es recurrente: ¿estamos poniendo demasiadas reglas a nuestras empresas?

Es una pregunta legítima. Pero quizá esté incompleta. El verdadero dilema no es solo si regulamos mucho. Es también dónde no hemos regulado y qué consecuencias ha tenido eso.

Como bien se ha contado en este periódico, en diciembre de 2025, varios jueces de la Corte Penal Internacional fueron sancionados por la Administración estadounidense tras autorizar investigaciones sobre presuntos crímenes de guerra. Entre los afectados había magistrados de Estados miembros de la Unión Europea. Las medidas incluyeron revocación de visados, bloqueo de cuentas y cancelación de servicios financieros y digitales. Funcionarios europeos, actuando en el marco de una institución internacional, vieron restringido su acceso al sistema financiero por una decisión adoptada fuera de Europa.

Más allá de la polémica jurídica, el episodio reveló una realidad incómoda: el acceso al dinero digital depende de redes cuya gobernanza y capacidad de ejecución no están en Europa. Y, cuando eso ocurre, la autonomía deja de ser un concepto abstracto para convertirse en un problema operativo.