En el léxico político de Bruselas, pocas expresiones han escalado tan rápidamente como la de “autonomía estratégica”. Lo que hace apenas una década era un término reservado a círculos académicos o militares, se ha convertido en uno de los pilares del discurso institucional de la Unión Europea. Desde la Comisión pres...

idida por Ursula von der Leyen hasta el Consejo Europeo, pasando por los Estados miembros, todos repiten el mantra: Europa necesita ser autónoma, resiliente, soberana. Sin embargo, cuando se analiza cómo se está construyendo esa autonomía, el entusiasmo se diluye. Hay más relato que transformación, más diagnósticos que soluciones y, sobre todo, más fragmentación que coherencia.

La autonomía estratégica es, sin duda, una ambición legítima. Europa ha aprendido que no puede depender estructuralmente de actores externos para cuestiones tan sensibles como la defensa, la energía, la tecnología o el acceso a materias primas. La pandemia de la Covid-19, la invasión a gran escala rusa de Ucrania, el ascenso de China y la imprevisibilidad política en Estados Unidos han dejado claro que la globalización no es sinónimo de estabilidad ni de seguridad. De hecho, si para algo tiene que servir esta toma de conciencia es para poder actuar en consecuencia. Por el momento, sin embargo, la UE avanza con paso titubeante en un mundo que se mueve mucho más rápido que los procesos de toma de decisión comunitarios.