Los festejos católicos zamoranos aglutinan a gran parte de la ciudad, creyentes o no, en un rito clave para los negocios y la visibilidad
Un casi desértico lunes por la noche ordinario en la tranquila Zamora (61.000 habitantes) y la abarrotada madrugada del Lunes Santo solo coinciden, paradójicamente, en el silencio. El primero lo aporta la quietud c...
otidiana de una ciudad pequeña; el segundo lo exigen las procesiones de Semana Santa para sentir la solemnidad entre teas iluminando rostros encapuchados y semblantes boquiabiertos. Se detiene el tiempo entre el gentío, respetuoso y sentido. Se apaga el rumor de las voces, dejan de chascar las pipas, los niños paran de jugar, se escucha el Jerusalem o La muerte no es el final. Silencio entre creyentes y paganos, entre nativos y turistas, entre habitantes y fugitivos forzados por la falta de oportunidades que retornan en vacaciones. Zamora evidencia sus contrastes con Cristos a hombros: alcalde de Izquierda Unida (IU) y calles tomadas por pasos, sinfines de ateos enrolados en rígidas cofradías y una ciudad unida por su patrimonio cultural, religioso y económico.
El impacto financiero se palpa en los quioscos, habitualmente faltos de chavales ávidos de volquetes de pipas y regalices, bares desbordados y bullicio callejero. Las sillas toman la ciudad para acomodarse para las horas de espera contemplando los lentos y emotivos recorridos de cada cofradía. Hay mantas para cuando caiga la noche, se han preparado víveres y bebidas, se forjan amistades con los desconocidos contiguos, se cuzea o cotillea sobre aquel o aquella que cuánto hacía que no se veía.








