La guerra de Irán hace que la formación ultraderechista empiece a mostrar sus limitaciones

Se acerca el momento de la verdad para Vox. La guerra en Irán ha sacudido el tablero político de forma inesperada: incluso la formación de Santiago Abascal, que venía jugando a ser antisistema, se ve en la tesitura de tener que mostrar algún tipo de utilidad a los ciudadanos que le votan. Existe una delgada línea entre intentar absorber el malestar y volverse irrelevante. La ultraderecha se las prometía felices, pero sus planes podrían no cumplirse si la excepcionalidad bélica en el golfo Pérsico se alarga....

Vox salió en 2024 de los gobiernos del PP para volver a ser ese voto protesta contra el bipartidismo y el llamado “régimen del 78”, y, hasta el momento, parecía funcionarle. Ha ido creciendo en las encuestas al mismo ritmo que en los parlamentos autonómicos, y sus perspectivas en unos eventuales comicios generales siguen al alza. Cuando un partido no tiene que definirse, acaba convirtiéndose en un recipiente para la queja ciudadana. El problema llega cuando, pese a la ambigüedad —Vox ha pasado de posiciones liberales a proteccionistas sin dar mayores explicaciones—, hay colectivos que esperan resultados. Abascal ha sido efectivo llegando a la España rural, a muchos jóvenes sin perspectivas vitales y a trabajadores precarizados. Sin embargo, ahora que tienen la oportunidad de mostrar su programa económico, la ultraderecha vuelve a jugar al despiste y resulta difícil definir cuáles son sus pretensiones reales. Han cambiado tanto de postura sobre si entrar o no en gobiernos del PP que la conclusión parece clara: no saben cuál es la estrategia política que más les conviene de cara a los comicios generales de 2027.