Vox no es una moda pasajera y el bipartidismo, al alimón, tiene parte de responsabilidad

El Partido Popular atraviesa una crisis estructural: el auge de Vox no parece ya una moda pasajera. Mientras en Génova 13 se las prometían felices creyendo que anticipar las elecciones de Extremadura o Aragón les permitiría —al fin— reabsorber el voto de la derecha, nada de eso está ocurriendo en el tablero regional. El partido de Santiago Abascal está logrando superar su papel de subalterno del PP. La pregunta es si esta estrategia se a...

sentará a largo plazo, o si logrará su objetivo de darle la puntilla alguna vez al bipartidismo.

Uno de los males que acechan al PP es que no transmite tener un proyecto identificable, más allá de la idea de “gestión”. Algunas voces conservadoras aseguran además que se ha quedado estancado en una España que ya no existe, más propia de los tiempos de José María Aznar o hasta de Mariano Rajoy. Y todo ello, mientras sube una generación de jóvenes con valores muy diferentes a los de la derecha clásica: Vox ha sabido tocar el nervio de quienes se sienten perdedores del sistema actual, de esa pulsión antisistema, que lleva tiempo escenificando con gestos que van desde plantar al Rey en actos oficiales, criticar a la Conferencia Episcopal o tirar de discurso antiélites. El PP, en cambio, es un partido diseñado para un electorado que no quiere demasiados sobresaltos, ni impugna eso que algunos tildan de “régimen del 78”. Su problema, pues, es que el contexto político ha mutado: a Génova 13 le falta hoy un relato fuerza que conecte más allá de las medidas concretas, y Alberto Núñez Feijóo tampoco lo está sabiendo ofrecer. Ganar las elecciones en varias comunidades, en el mayor momento de debilidad de Pedro Sánchez, y prácticamente igualando los resultados o hasta perdiendo votos, no es el éxito pregonado.