Si todas las solicitudes de asilo y los permisos de residencia viniesen redactados con la convicción poética de Álvaro Cunqueiro, no habría leyes migratorias ni muros ni deportaciones ni garitas fronterizas
Álvaro Cunqueiro se casó con la hija de un abogado de Mondoñedo en diciembre de 1940. Antes de la boda, escribió a su amigo Manuel Halcón, su superior en Falange en Madrid, para que le liberara el pasaporte, que estaba retenido en la Dirección General de Seguridad. El escritor gallego enunció así el favor y la urgente necesidad del documento: “Sin pasaporte no puedo ir a Portugal. Si no voy a Portugal no podré llevar a mi novia a Coímbra. Si no la llevo a Co...
ímbra no podré hacerle el amor bajo los almendros”.
¿Quién denegaría una solicitud así redactada? ¿Cómo de podrida ha de estar el alma de un burócrata para no enviar por correo urgentísimo ese pasaporte y que el solicitante le haga el amor a su novia bajo los almendros de Coímbra lo antes posible?
Los menos románticos dirán que el amor de dos jóvenes de Mondoñedo no puede obviar que estamos ante una corruptela de una dictadura muy corrupta. Un falangista (desencantado y retirado de sus funciones, pero falangista influyente al fin) le pide un favor a otro falangista para disfrutar de un privilegio negado a la mayoría de los españoles. De acuerdo, la verdad histórica es irrefutable. Pero, puestos a trapichear con documentos, que al menos sea por la sombra de los almendros casi en flor.






