Cincuenta años después de la alianza ultraliberal y anticomunista de las dictaduras latinoamericanas, aún quedan herederos de la Escuela de Chicago en estos países
Apenas 100 días antes del golpe de Estado en Argentina, del que ahora se ha cumplido medio siglo, se firmaba el Plan Cóndor, una operación secreta en la que se unían, en pleno auge de la Guerra Fría, seis países latinoamericanos (Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Uruguay y Paraguay) en los que imperaban regímenes militares de extrema derecha. El objetivo de los gobiernos de esos países era aniquilar a las oposiciones políticas, a las que se les denominaba “la amenaza comunista” o “los subversivos”, a través del intercambio de información, de recursos técnicos de tortura y presos políticos. Fue una reunión de sus respectivos servicios de inteligencia, auspiciada por la CIA, y dirigida por el verdugo número uno de Pinochet, el coronel Manuel Contreras, de la Dina (Dirección de Inteligencia Nacional). Durante años, la existencia de ese Plan Cóndor fue negada, pero EE UU tenía conocimiento de él desde el primer momento, a través de Henry Kissinger, secretario de Estado.
En un país tras otro, la inteligencia militar y las unidades especiales de la policía crearon discretamente escuadrones de la muerte para barrer a la izquierda y a sus simpatizantes. Los sospechosos eran detenidos, torturados y a menudo asesinados, sus cuerpos abandonados en lugares públicos para que sirvieran de advertencia, y a otros, a fin de crear otro tipo de terror existencial, se les hacía “desaparecer”.








