El espectáculo ‘The Next Level’, que hizo su debut anoche en el Roig Arena de Valencia, es como una deslumbrante adaptación sonora y escénica del lema olímpico ‘citius, altius, fortius’

Dijo una vez Woody Allen aquello de que cuando escuchaba más de media hora a Wagner le entraban ganas de invadir Polonia. Ojalá nunca acuda Donald Trump a un concierto de Hans Zimmer (Frankfurt, Alemania, 1957), porque quizá no quedaría un solo estado incólume sobre la faz de la tierra. No tiene pinta de que sus gustos (si es que los tiene) vayan por ahí. Y es una suerte para la humanidad. Tal es la intensidad, el sentido de la épica, la embargadora grandilocuencia de la música del compositor alemán, el Rey Midas de las bandas sonoras cinematográficas del siglo XXI: fue el primer concierto internacional que anunció el Roig Arena, mucho antes de estar completamente construido, incluso agotó todo el papel meses antes de su inauguración, y tras asistir a su espectáculo uno entiende perfectamente por qué. Por algo se llama The Next Level. Un año y medio de espera que valió la pena, desde luego.

Un enorme escenario con tres alturas (una para los instrumentos de cuerda, guitarras y banjo, otro para lapercusión –baterías, timbales, gongs– y otro para los vientos y los coros; tres pantallas (dos cenitales y una trasera), cerca de cien músicos en escena (yo solo atisbé a contemplar unos cuarenta a la vez, porque muchos de ellos entraban y salían, aunque las matemáticas no son lo mío), y la presencia de Zimmer a los teclados, la guitarra y (finalmente) el piano, un lujo porque no siempre está presente en todos los shows que llevan su nombre.