La improbable imagen del cantautor, kaláshnikov en mano, esperando el desembarco de los marines de Donald Trump es el final más triste del sueño revolucionario

Hace 34 años, el cantautor cubano Silvio Rodríguez escribió una canción que, entre otras cosas, decía:...

—Me vienen a convidar a arrepentirme. Me vienen a convidar a que no pierda. Me vienen a convidar a indefinirme. Me vienen a convidar a tanta mierda. Yo no sé lo que es el destino. Caminando fui lo que fui. Allá Dios, que será divino. Yo me muero como viví.

Era 1992, y ya habían pasado 33 años desde que, aquel 1 de enero de 1959, “se acabó la diversión, llegó el Comandante y mandó a parar”. Si la canción que Carlos Puebla compuso en 1965 glosaba la hazaña de aquellos barbudos –Fidel Castro, Ernesto Che Guevara, Camilo Cienfuegos— que bajaron de Sierra Maestra para acabar con la dictadura de Fulgencio Batista, la letra de Silvio Rodríguez iba más allá. Era una renovación de los votos revolucionarios, una confirmación del compromiso y, sobre todo, una advertencia a aquellos que por las buenas —la invitación a arrepentirse— o por las malas –“dicen que me arrastrarán por sobre rocas / cuando la revolución se venga abajo / machacarán mis manos y mi boca / me arrancarán los ojos y el badajo”— intentaban que el cantautor cediera a la tentación.