El escritor nicaragüense pertenece a la estirpe latinoamericana de quienes no solo vivieron la historia, sino que luego se empeñaron en disputarla

Pocos escritores latinoamericanos han tenido que huir del poder que en algún momento transformaron. Sergio Ramírez escribe hoy lejos de Nicaragua, con la distancia forzada del exilio y la cercanía obstinada de quien se niega a dejar de mirar a su país. En esa tensión —entre pertenencia y expulsión, entre memoria y presente— se mueve parte de su gran figura. Ramírez no es solo un novelista reconocido ni un expolítico reconvertido en intelectual: es, sobre todo, el testimonio incómodo de lo que ocurre cuando una revolución envejece y al...

gunos de sus protagonistas se niegan a envejecer con ella.

Su biografía podría contarse como una anomalía. En América Latina abundan los escritores que han orbitado el poder, que lo han narrado o lo han cortejado desde la proximidad. Son muchos menos los que lo han ejercido. Y menos aún los que, tras haber estado en el centro mismo de la maquinaria política, han decidido salir de ella para someterla al escrutinio de la literatura y del periodismo. Ramírez pertenece a esa rara estirpe: la de quienes no solo vivieron la historia, sino que luego se empeñaron en disputarla.