El griego Karalis agota al sueco peleándole el oro hasta los 6,25m en el concurso de pértiga más alto de la historia en una tarde en la que el suizo Ehammer batió el récord del mundo de heptatlón
45 metros, 22 pasos, en la manos, una pértiga amarilla de 5,20 metros que solo él puede doblar, tan dura. Allá va Mondo Duplantis. La física funciona. Newton no falla. La energía se transforma. La velocidad de entrada se hace fuerza, la fuerza se hace catapulta y vuelo y acrobacia en el aire. El pabellón, que ha contenido la respiración, exhala una larga bocanada de aire en un ¡ooooh! infantil que emociona. El prodigio interminable.
No hubo persona más feliz que él, salvo quizás el padre y entrenador del griego, cuando su amigo Manolo Karalis saltó 6,17m superó de un plumazo a los mitos Serguéi Bubka y Renaud Lavillenie y ascendió a segundo mejor de la historia, lejos aún de los 6,31m de Duplantis, fruto de su 15º récord mundial consecutivo. “Qué bien que hayas saltado tanto”, le dice. “Me viene bien para no acomodarme, para saber que tengo que seguir progresando”. Después, en la pista, adiós amistad. Adiós a los gestos tan cariñosos del Mundial de Tokio y los Juegos de París, Manolo con un ventiladorcito refrescando a Mondo que suda antes de batir récords y sumar medallas de oro. Manolo ha salido de la sombra. Cada uno en un rincón, boxeadores entre dos asaltos. Vuelve a ser el rival de los tiempos juveniles que saltaba más aún que el sueco, solo 10 días más joven. Ambos tienen 26 años. Después de años de depresión, de sufrir el racismo en Grecia, Karalis, ateniense de padre griego y madre ugandesa, resucita. El único rival de Duplantis ya no es el infinito. Ni siquiera lo intenta. Tras saltar 6,25m y derrotado el indomable ateniense, Duplantis, cansado, enfunda las pértigas. Por primera vez en su racha de 39 victorias ha necesitado seis saltos para doblegar al segundo. El récord del mundo sigue en 6,31m.






