El filósofo alemán defendió la batalla de las ideas frente a la política que se alimenta de las pulsiones irracionales
Jürgen Habermas rondaba los 16 años cuando terminó la Segunda Guerra Mundial y descubrió que aquel panorama de ruinas y desolación era obra de los suyos. Aquella muchachada de rostros sonrosados y cabellos rubios, esos cuerpos ágiles que celebraban su fortaleza física, los que acudían en familia a los lugares históricos y las excursiones para hacer patria, los que canturreaban himnos y proclamas y levantaban el brazo y bajaban la cabeza como signo de obediencia al Führer, esos...
, los de la gran Alemania, habían producido un desastre descomunal. Sin ese gesto de perplejidad ante el horror es imposible entender la obra de ese filósofo que murió el sábado a los 96 años. Su último artículo publicado en este periódicoúltimo artículo suyo que apareció en este periódico es del 30 de noviembre de 2025, y trata de Europa. Siguió hasta el último minuto al pie del cañón.
Lo suyo era justamente eso: levantar la vista, mirar hacia el horizonte, mirar hacia atrás, explorar las profundidades y los vericuetos de cada episodio, entenderlo con las herramientas de la tradición filosófica, encontrar su lugar en una realidad cambiante, y pronunciarse. Tomar la palabra en el espacio público, reclamar atención, buscar soluciones, salidas, propósitos. Habermas era ya un tipo de otra época, el último residuo que quedaba vivo del proyecto que surgió un minuto después de la muerte de Hitler, el de construir un mundo que no se sostuviera en los desvaríos irracionales que facilitaron el triunfo del nazismo. Un mundo que pusiera la razón en el centro como combustible para comunicarse, para discurrir, argumentar, convencer. Y para tomar decisiones e, incluso, para pelear por una causa. Una causa modesta, que no se alzara sobre los hombros de los grandes mitos de cada nación —excluyentes, por definición, un poco bárbaros— y que se anclara en el terreno de las leyes que nos hacen ser los que somos: Habermas se inclinó por el patriotismo constitucional.














