Punky nace en los ochenta, una década en la que la saturación de azúcar, los colorantes chillones y los sabores artificiales eran símbolo de modernidad. Los adultos tenían lentejuelas, hombreras gigantes, tejanos nevados y technopop. Los pequeños, a Punky, con su corazón radioactivo de vainilla pop sintética y caramelo

En las calles reina un silencio espeso. Ramos de flores y velas encendidas se amontonan a los pies de los quioscos de helados, donde los banderines ondean a media asta. Es el fin de una era. El lunes amanecimos con noticias funestas. En la cuenta oficial de Instagram de La Menorquina, fabricante de helados desde 1940, se leía: “Nos despedimos de Punky. Deja nuestro catálogo. El mercado ha hablado: las nuevas generaciones buscan otras cosas y los adultos… bueno, os acordáis de él con cariño, pero os da demasiada vergüenza pedirlo en público. La t...

imidez ha ganado a las ventas. Punky nos deja. Alza el vuelo. Gracias por tantos veranos”.

Murió una infancia. Punky era el último superviviente de una familia icónica de postrejuguetes que fueron mucho más que un pingüino, un elefante, un león y una vaca; y mucho más que helados: fueron artefactos culturales de una era que termina.