Una muestra colectiva de imágenes y sonidos reúne en el CCCB a más de 300 participantes para explorar la cotidianidad y las maneras de mirarse y pensarse de la generación que deja la adolescencia
En 1955, un joven de 17 años publicó un libro que incomodó a todo un país, Wij Zijn 17 (Tenemos 17). Su autor, el holandés Johan van der Keuken, a punto de terminar sus estudios en el Liceo Montessori de Ámsterdam, retrataba a su entorno más cercano a sus amigos, de entre 14 y 17 años. No había risas, ni juegos, ni promesas de un futuro luminoso, fumaban sin parar. Aquellos adolescentes no eran réplicas de generaciones anteriores. Reflejaban una actitud que contravenía el rel...
ato dominante que se esperaba de la juventud de una nación. Lo que escandalizó no fue solo la mirada del autor, sino el hecho de que por una vez, no estaban siendo representados desde fuera.
Los retratos eran en sí naturales y sencillos, sus protagonistas posaban sin hacer grandes cosas, dejando pasar el tiempo como si estuvieran esperando a que llegara el momento de dejar atrás una etapa para dar el primer paso hacia el futuro. Como apuntaba Simon Carmiggelt en el prólogo, aparecían “problemáticos, abatidos, posando con gravedad pero llenos de expectativas”. No reían pero tampoco estaban vacíos: había en ellos una intensidad contenida, una forma de estar en el mundo. “Con una cámara en la mano se puede amar y se puede odiar”, añadía el periodista holandés. Y Van der Keuken hizo ambas cosas: mirar sin idealizar.






