El contraste entre el lujo de las plantas superiores y la inmundicia del sótano sorprende a los agentes de la policía nacional que desmantelaron un chalé donde se esclavizaba a chicas
Cuando la alarma se encendía, las mujeres sabían lo que tocaba. Vestirse y hacer el paseíllo delante del cliente que acababa de llegar. “Otra humillación más”, indica uno de los policías que desmanteló este punto de prostitución en un chalé de Madrid. Daba igual que estuvieran durmiendo, tratando de lavarse en el precario baño sin ducha que compartían 15 mujeres, o comiendo. Las encargadas del prostíbulo clandestino así lo ordenaban, bajo amenaza de multa o castigo. Otras veces, el putero venía con la mujer elegida, previa negociación con las encargadas.
Así llevaba funcionando 11 años este chalet en una zona acomodada de Madrid, la de Arturo Soria, donde el paisaje se compone de adosados con jardín, aceras anchas y donde reina la tranquilidad. “Los vecinos nos dijeron que veían mucho trajín de gente, pero pensaban que allí operaba una empresa”, comenta Tomás Santamaría, inspector jefe de la Brigada Provincial de Extranjería de la Madrid y responsable de esta investigación. Por las características del barrio, las vigilancias del edificio tuvieron que limitarse a apenas cuatro días. Alargarlo más en el tiempo habría llamado demasiado la atención en este vecindario en el que todos se conocen y en el que, además, todos cuentan con su propio garaje.






