De la responsable de control de las instalaciones al jefe de producción de nieve y el colectivo de remontadores. En sus instalaciones trabajan durante 24 horas 120 empleados, cuyas responsabilidades muchas veces el cliente desconoce
El primer remonte que se puso en funcionamiento en la península Ibérica fue el 28 de febrero de 1943 en la Cerdaña, en un paraje pirenaico llamado Font Canaleta, la antesala de la actual estación de esquí de La Molina. Un entorno montañoso y rural en el que sus pobladores vivían de los aserraderos, de la ganadería, de la agricultura y de la minería. A la zona fueron llegando a principios del siglo XX jóvenes catalanes de clase acomodada para deslizarse sobre las laderas de las montañas nevadas. A rebufo de ese divertimento, el sitio se fue desarrollando a base de una línea de telégrafo, un servicio médico, alojamientos y una línea de ferrocarril. El valle se convirtió en un reclamo turístico invernal.
Hoy la estación de esquí y snowboard de La Molina es una pequeña ciudad en el Pirineo catalán en la que la vida transcurre entre los 1.600 metros de altitud y los 2.537, de noviembre a abril (en verano, aquí es posible la práctica del senderismo y el descenso en bicicleta de montaña). En sus instalaciones trabajan durante 24 horas 120 empleados, conectados, coordinados y por turnos, para que miles de personas puedan disfrutar de una jornada de esquí desde las 9.00 hasta las 17.00. Hasta la fecha, 8.500 visitantes es el récord de afluencia en un día. Trabajar en una estación de esquí es formar parte de un gran engranaje donde cada colectivo cumple una función esencial para que el cliente disfrute de su experiencia. Cada uno de estos trabajadores cuando tienen que moverse, lo hacen sobre unos esquíes, que son su herramienta de trabajo y el mejor medio de transporte para ir de un sitio a otro de la estación.






