Cinco millones de personas procedentes de África trabajan sobre todo en la construcción, la hostelería y el trabajo doméstico en los países de la región. La fluctuación del petróleo amenaza sus empleos

Cuando las sirenas resuenan por todo Dubái, Meron trata de no pensar en marcharse. Siente miedo de los misiles, pero esta empleada del hogar etíope sabe perfectamente por qué se queda: su sueldo paga la matrícula escolar de su hija y pone comida en la mesa para toda su familia en Adís Abeba. Para ella, abandonar el Golfo debido a la lluvia de misiles iraní en respuesta a los ataques de Estados Unidos e Israel no es una opción.

“No pienso en marcharme. Lo que tenga que ser, será”, dice Meron, que pide salvaguardar su nombre verdadero por motivos de seguridad. “Esta situación nos afecta a todos, no solo a mí. Mi hija necesita ir al colegio. Rezo por la paz, porque la paz aquí es la supervivencia en casa”.

Esta trabajadora es una de los aproximadamente cinco millones de migrantes africanos que viven en los países del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG), que incluyen Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Kuwait, Bahréin y Omán. Estas personas, procedentes de países como Kenia, Uganda, Ghana y Etiopía, se han labrado un medio de vida en las obras de construcción, el trabajo doméstico, la hostelería, la logística y los servicios de seguridad.