El estudio de diseño crítico conjuga arte y activismo climático para sobrevivir al apocalipsis capitalista. Visitamos su cuartel general en Londres y su nueva exposición en Viena
En la fachada del Museo de Arte Antiguo, uno de los edificios icónicos en la Isla de los Museos de Berlín, hay una instalación de Maurizio Nannucci que dice: “Todo arte fue contemporáneo”. Una provocación que es verdad para casi cualquier artista, con la excepción de Anab Jain y Jon Ardern, fundadores de Superflux. Su proyecto opera estr...
ictamente fuera de la contemporaneidad para producir recuerdos, reliquias, artefactos y espacios de un futuro que aún no ha sucedido, con la esperanza de que la experiencia nos haga cambiar de dirección. Una habilidad excepcional, y necesaria para corregir una inconveniente paradoja: el mundo que experimentamos es el resultado de las decisiones que tomamos hace décadas, y nos cuesta prevenir las consecuencias de nuestros actos que existen sólo en nuestra imaginación.
Para corregir esa latencia inoportuna, Jain y Ardern le dieron al primer ministro de los Emiratos Árabes Unidos un soplo del aire irrespirable del Dubái en 2034, al menos el que tendrá si siguen quemando combustibles fósiles al ritmo habitual. Crearon la muestra con la combinación exacta de partículas en suspensión (PM10, PM2.5), monóxido de carbono, dióxido de azufre, dióxido de nitrógeno y ozono que calculan las proyecciones climáticas. Huelga decir que no le gustó. “Estas experiencias encarnadas son más efectivas que un Power Point”, me explicó la cofundadora Jain cuando los visité en su estudio de Covent Garden, en Londres. Su proceso incluye numerosas fases de prototipado, porque la ausencia de conocimiento intoxica nuestra imaginación. Podemos imaginar una ciudad en la que los drones han reemplazado a los pájaros, hasta que tratas de reconstruir esa ciudad. “Pilotar un dron es más difícil de lo que parece”, dice Jain. Especialmente en el caos urbano, donde se amontonan objetos fijos y móviles de todas las formas, propósitos y tamaños. Entender íntimamente una tecnología es comprender su potencia, pero también sus limitaciones. La construcción real de escenarios futuros nos salva de nuestras propias alucinaciones.






