Abascal purga a los dirigentes de su partido tan pronto su nombre empieza a sonar a los votantes

Todas las purgas siguen el mismo patrón. Al principio parecen ideológicas: el tirano acusa al enemigo de moderadito, de no estar comprometido a tope con la revolución y de entenderse con el enemigo. Así pasó con las primeras podas de Vox, que los voxólogos interpretaron como una victoria del sector duro contra los dizque liberales y conservadores, los de Olona y Espinosa de los Monteros. Este último podría convertirse en el Trotski de Vox: ojito con los piolets.

Con el tiempo, las purgas se generalizan y dejan de tener coartadas ideológicas. Como en el juego de feria de aplastar topos, Abascal zurra con su maza a los correligionarios tan pronto su nombre empieza a sonar a los votantes. No sea que estos se equivoquen y acaben votando a Vox por algún tipo de simpatía por alguien que no sea él o —¡horror!— por un programa político. Vox solo puede crecer si se le sigue votando por-mis-cojones. El por-mis-cojonismo es la única ideología que se ha demostrado útil para llegar al 20% del voto, y esa ideología no admite debates internos ni figurones. No importa lo serviles y humildes que estos se muestren ante Abascal: más vale segarlos pronto, cuando basta una guadaña, que dejarlos crecer y tener que usar la motosierra de Milei.