El talento brasileño, de 19 años, sufre el duro viaje hacia las alturas y, aún falto de físico, encara al italiano en los octavos de California: “Puedo competir contra ellos”
En estos tiempos frenéticos en los que todo vuela y se viaja a la máxima velocidad, la estruendosa irrupción de João Fonseca en la élite del tenis, hace poco más de un año en Australia, fue interpretada de inmediato como la rotura definitiva del cascarón. Es decir, demasiado golosa como para no caer en la tentación: juventud, un golpeo de vértigo —al nivel de los más poderosos del...
circuito, en términos de potencia— y un discurso plenamente convencido. Nada de hablar de carrerilla. Se lo creía y se lo cree: “Quiero ser el número uno y ganar Grand Slams. Ese es mi objetivo”. Sin titubeos, como en su día Carlos Alcaraz; más moderado Jannik Sinner, pero con un trasfondo similar.
Nadie duda de las extraordinarias facultades del brasileño, nacido hace 19 años en Río de Janeiro. Sin embargo, la realidad de su deporte y el entorno han sembrado de vicisitudes su trazado hacia la cúspide; lugar que, por talento y condiciones, se entiende como su espacio natural. “Mi vida cambió a partir de aquella victoria [en Melbourne, contra el ruso Andrey Rublev, inquilino habitual del top-10]. No a nivel interno, pero sí de cara al exterior. De repente, la gente me conocía y cuando llegué a casa, mis padres me dijeron: ‘¡João, Brasil vibra por ti!”. Desde entonces, tuve que aprender a vivir con la presión”, afirmó el tenista, a quien muchos se lo imaginan codeándose más pronto que tarde en las alturas con Sinner y Alcaraz.









